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Jóvenes de la ciénaga pedalean contra la deserción escolar.

En las sabanas de Sucre y Córdoba programa Mi Bici dota a los niños que viven lejos de sus colegios.

Ana Luisa Lobo, de 11 años, es beneficiaria del programa Mi Bici. Dejó de llegar tarde al colegio y mejoró sus calificaciones. Foto: Felipe Motoa Franco

Pantalón azul, mocasines negros, camisa blanca, chaleco reflectivo y casco aguamarina: la luz recién comenzó a alumbrar la sabana de Sucre y ya Deivi Berrío pedalea con destino al colegio. A lado y lado de la vía rural, que empolva los zapatos, tanto como las narices, se intercalan potreros, vacas, árboles y, claro, la ciénaga, determinante natural de la zona.

Delante del muchacho, de 15 años, tres pedalistas llevan la vanguardia, sus vecinos de la vereda La Solera, municipio de Caimito. Runy, Yeri, Nois, Mateo y Deivi conforman el pelotón ciclístico que de lunes a viernes viaja 15 minutos en la mañana, y otro tanto al mediodía, para ir y volver de sus estudios en la institución educativa El Mamón.

Cuando se iban a pie, caminaban una hora de ida y una hora de vuelta.

“En el 2017 perdí séptimo, porque a veces faltaba a clases, por lo lejos”, concede el muchacho, de piel canela y pelo al rape, sin dejar de impulsar la cicla. Más adelante, un trancón le hace poner pie en tierra: un hato de ganado avanza a contravía, arreado por vaqueros que desde sus cabalgaduras dan los buenos días y fuetean a las cabezas descarriadas.

Superado el paso, el estudiante continúa: “Por el caño de la ciénaga –a un costado de la finca donde vive con sus padres en La Solera– pasaban cuerpos desmembrados cuando yo era chiquito. La gente se reunía a ver quién era el muerto. Pero hace como siete años que no se volvió a ver eso”.

Los otros chicos han tomado unos 50 metros de ventaja, pero Deivi mantiene su cadencia. Mientras no los pierda de vista, todo está bien. Ellos son solo un puñado de los 610 muchachos que desde el año pasado se benefician del proyecto Mi Bici, una iniciativa de las fundaciones Postobón y Entretejiendo que les entrega ciclas a alumnos de seis municipios de Sucre y Córdoba, quienes debían caminar desde 45 minutos hasta una hora para asistir a clases.


‘Cui, cui, cui’

La jornada de este muchacho, que hoy cursa grado octavo, no empieza con el duchazo previo a su montada en el caballito de acero. Antes, cuando la oscuridad todavía domina el cielo, se levanta a cumplir con las responsabilidades que le han asignado en la familia. Para ese momento, su padre ya está listo, con botas de caucho, machete al cinto y un par de bultos, para salir a cultivar la tierra. La madre, Petrona, arregla víveres y bebedera para que su esposo lleve al jornal.



Un gallo cacarea para anunciar el inminente arribo del amanecer. La familia, incluido otro hermano mayor que ya no estudia, van y vienen por el patio central de la finca, de tres habitaciones, quiosco, solar, jaulas y corrales. Deivi libera las gallinas y los patos.



Un segundo y tercer cantar de gallo afirma que el día de trabajo comenzó. Un macho se le monta a una gallina y le despeluca el pescuezo. Las demás cacarean en sinfonía.


Dos poncheras llena el muchacho con maíz, arroja la lluvia de granos amarillos sobre el terreno y los emplumados inician su festín. “Llámalos, mamá”, exclama el joven, para que los plumíferos más dormilones despabilen y alcancen a comer. “¡Cui, cui, cui!”, repite la madre, y los rezagados para el desayuno salen de sus aposentos.


Despachado el alimento, es hora de la sobremesa. Deivi echa mano de una escoba de paja con la que remueve el agua sucia de un bebedero de cemento, bajo un limonero; luego vierte sendas poncheras de agua limpia y los patos no se hacen esperar para saciar la sed y usar el abrevadero como piscina.


Afuera, se oye el primer rugir de un motor de lancha. La comunidad ha empezado a moverse y pasan el caño de una orilla a la otra según su destino. En un momento, se alcanza a ver la cabeza de un caballo cruzando el agua; al acercarse, se ve que también es la cabeza de un hombre, y ya en la rivera, el animal sale completo, montado sin silla por un campesino a pie limpio y apenas con el estribo en la mano. Ambos se sacuden el agua, que les escurre por todo el cuerpo, y se pierden en el campo.


Entre tanto, Deivi acaba sus labores cuando pone concentrado en un recipiente armado a partir de una llanta de caucho, para que los cerdos coman. Ahora sí, puede ir a arreglarse.

Listo para salir y recoger a sus compañeros, cuenta que antes tuvo una bici que le había regalado su papá, “pero era muy dura; en cambio, esta es más suave”. Además, la que hoy monta cuenta con parrilla; durante un tiempo llevó ahí a su vecina, Yeri, cuando a esta no le habían dado la propia.

“Agradezco la bicicleta, porque a pie era más difícil, por eso perdí séptimo. Lo que más me gusta es la clase de naturales y este año voy muy bien. Es que ya no tengo que madrugar tanto, y por la tarde vuelvo más temprano, voy a alimentar a los cerdos y me queda tiempo para las tareas”, confiere Deivi, quien solo se cayó una vez en año y medio, porque un compañero se enredó con su llanta. “Caí parado y no me pasó nada”, advierte.

Los niños han aprendido que para montar sus bicicletas deben ponerse casco y, en la noche, chaleco reflectivo. Foto: Felipe Motoa Franco

Carrera contra la desidia

El pelotón de estudiantes dejan atrás 4,8 kilómetros de trocha y llegan a una calle polvorienta, en la que aparecen casas de un solo piso. En el antejardín de una tienda que hace de esquina, otras seis bicicletas azules, del programa Mi Bici, reposan parqueadas; igual número de muchachos las han dejado allí tras pedalear desde otros puntos lejanos.



Después de estacionar las ciclas, caminan una cuadra más en dirección a la institución educativa El Mamón. Entre los amigos de Deivi, Nois de Moya es la más expresiva. “Vengo todos los días a estudiar en bici. Es mejor en las mañanas, porque al mediodía hace más calor. Antes venía a pie o me traía alguien en moto, si es que había chance”, relata la joven, de 14 años, y vestida similar a Deivi, pero con falda hasta las rodillas.


“Deivi siempre nos va a buscar para venirnos juntos. Solo cuando estamos todos, arrancamos, pero si falta alguno, lo esperamos. Es mejor venir en combo, porque si alguno se cae, lo ayudamos; o uno no sabe, que de pronto una muchachita se viniera sola y la cogiera alguien malo. Mejor nos cuidamos”, concluye la estudiante, agregando que espera “ser alguien en la vida”, que para eso quiere estudiar una técnica en asistencia administrativa y que si no fuera por la bicicleta que le entregaron, se mantendría más cansada por tener que caminar tanto.

La infraestructura del colegio, si es que se le puede decir así, es un rancho conformado por tres salones. Las paredes son de madera, con huecos y sin ventanas, y los techos perforados, con rotos tan grandes como pelotas de fútbol. “Si llueve, movemos los puestos para un lado y dejamos que caiga el chorro”, explica, sonriendo, un jovencito de séptimo grado.


Cada aula –si se les puede llamar aulas– cuenta con un ventilador que a duras penas sopla. No hay pasillo que conecte los salones sino una pasarela armada con tablones, como conectando palafitos, a la que hay que estar atento para que el pie no se lo trague un hueco. Los muchachos campesinos llegan hasta aquí a cursar de sexto a noveno grado.


“Tenemos 21 estudiantes beneficiados y esperamos que Mi Bici nos ayude para llegar a 35, que es el potencial”, indica el rector, Juan Carlos Vertel. “Cuando comenzó el programa, muchos de los que se ausentaban comenzaron a venir más seguido, entonces el impacto es positivo, vienen motivados y se ha visto la mejoría en sus calificaciones”.Ana y la bicicleta.

En el colegio Llanadas, zona rural de Sahagún, Córdoba, las condiciones son distintas a lo que se ve en El Mamón. Allí sí hay un centro educativo con todas las de la ley –laboratorios, canchas, salones de clase con elementos pedagógicos–, aunque los niños también padecen las distancias entre sus hogares y su lugar de estudio. Ana Luisa Lobo, por ejemplo, es una adolescente de 11 años, muy delgada y de piel bronceada, que desde la primaria soñaba con una bicicleta para ir a estudiar. Vive con su padre en una finca de la vereda Paleta, a 5 kilómetros del colegio, mientras que su madre trabaja en un restaurante de Montería.



“Le había pedido a mi papá que me comprara una bicicleta, y él me decía que no tenía dinero para dármela. La quería para mi cumpleaños, que es el 7 de enero, pero no me la pudo dar”, cuenta la niña, en el patio de su casa, donde dos pericos cantan, un gato llamado Peluchín maúlla sin cesar y el perro de nombre Chanty toma la siesta.


Hasta el año pasado, Ana Luisa vivía en conflicto con el reloj: “El profe Edilberto me preguntaba por qué llegaba después de la hora de entrada, y yo le decía que no tenía para pagar transporte, me iba a pie. Cuando volvía, tenía que parar bajo la sombra de un árbol porque hace mucho sol”. Aunque la institución educativa cuenta con rutas escolares, la vivienda de la niña no coincide con ninguna de estas.



En casa, ayuda a barrer, limpiar y cocinar. Dice que es buena haciendo el arroz y algunos guisos. Pero advierte que cuando sea grande quiere ser profesora y enseñar inglés. “Father, mother, sister, cat y dog son algunas de las palabras que me sé”, expone Ana Luisa, cuyos dientes blancos resaltan en su rostro moreno.



Por fortuna para ella, su vida cambió cuando Mi Bici comenzó a escoger a los chicos más necesitados para dotarlos con ciclas. Tan pronto se enteró, fue a buscar al profesor Edilberto para pedirle que la tuvieran en cuenta. “Me puse feliz cuando me avisaron que sí me la daban. Todo me gusta cuando voy en la bici, el viento y el paisaje. Estoy feliz. Mira que ya mejoré en matemáticas, castellano, naturales e informática”, expresa, sonriente, la ciclista más chiquita del colegio, convencida de que su lucha ya no será contra el reloj, sino contra sí misma, por superarse y llegar lejos en la vida.

ARTICULO ESPECIAL DE EL TIEMPO


https://www.eltiempo.com/vida/educacion/jovenes-de-la-cienaga-pedalean-contra-la-desercion-escolar-414790

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